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martes, 23 de junio de 2015

A través de las estrellas



                          


Mi cuerpo flota en el vacío. Observo el universo, mi primer amor. Es tan negro, tan oscuro y tan terriblemente grande que hasta me hace sentir bien.
Giro sobre mí misma y danzo, sola, como un satélite.
Es tan maravilloso, el espacio. Me hace sentir como a una pequeña semilla, como a una insignificante mota de polvo. Las estrellas también parecen pequeñas. A mi vista, todos los mundos existentes son invisibles o más diminutos que una partícula de polen. Eso es la existencia, polen esparcido sobre obsidiana. Todos los miedos y obsesiones, todos los sueños, toda la paz y toda la sangre vertida sobre la tierra. Tan sólo son polen que jamás encontrará una flor, que vagará durante toda la eternidad a la deriva de lo desconocido sin jamás encontrar las respuestas.
Eso es terrible. Pero también irremediablemente hermoso en su desesperanza.
Intento aguantar la respiración un segundo más, pero no puedo. La nave que había sido mi prisión se aleja rápidamente hasta desaparecer. Sola, fuera de una matriz de hierro que va rumbo a lo desconocido, a la incertidumbre y el horror de lo infinito. Horror vacui.
¿Y si vivir realmente es esto, un mar de luces impotentes sobre la inmensa oscuridad?
 Veo unos ojos que parecen entrañar toda las fuerzas de la naturaleza en ellos. Son el sol y son el musgo, son el fuego y la mugre, el éxtasis y la miseria. Pero por muy increíbles y de otro mundo que parezcan, los conozco. Son los suyos. Es él. Tiene las mejillas rosadas como si hubiese paseado al lado del mar un día soleado de invierno. Abre esos labios tan irresistibles que tiene y me derrumbo ante ellos. Observo las firmes formas de su cuerpo, que brilla a la luz de las estrellas con la intensidad de quinientos soles.
-Hola- digo, acercándome a él-. ¿En qué piensas ahora?
-Me encantaría pintar un cuadro sobre esto- murmura. Su voz sigue tan grave y tan musical como siempre. Es todo un alivio.
-¿Sobre qué?
-Sobre la inmensidad del cosmos. No se parece a nada que haya visto- esboza una gran sonrisa-. Me ha dejado sin aliento.
-Ese chiste es tan malo no debería hacerme gracia- digo entre carcajadas-. Pero mira, me estoy riendo, como si estuviese viva.
-Estás viva. Siempre lo estarás.
Me abraza. Pongo la cabeza en mi lugar favorito de todo el universo y más allá.
-¿Bailamos?- pregunto, feliz.
-Sí. Una vez más.
Y bailamos, a través del tiempo, a través de las estrellas.

jueves, 17 de abril de 2014

Den





 No recuerdo muy bien como era todo antes, pero lo poco que recuerdo es tan vívido y real como si hubiese ocurrido hace un minuto. Es difícil poder olvidar. Muy difícil. Diría que es hasta imposible, sobretodo cuando es lo único que me queda. Hacía sol. Sí. Hacía muchísimo sol, y me costaba mirar sin entrecerrar algo los ojos. Tenía un juguete en la mano. Uno de plástico. Los demás niños también tenían juguetes, palas, cubos. La fina tierra manchándolo todo. Un niño se tiró por el tobogán. Pero éste ardía. Lo sé porque yo me había tirado antes. La palma de su mano enrojeció, y el contuvo un llanto. Su madre no se dio cuenta. Nadie. Fue imperceptible. Él debió olvidar el dolor, porque continuó jugando con una sonrisa imborrable en aquel rostro inolvidable. Me acerqué. Quería pedirle aquel rastrillo verde lima que tenía al lado. Le di un leve toque en el hombro, para llamar su atención. Se giró hacía mí distraído y me dio el juguete. Cogí aquel trozo de plástico de su mano. Nuestras pieles se rozaron, y percibí su palma de fina piel enrojecida prácticamente incandescente. Una milésima de segundo. Mi mano contra la suya. Frío. Estaba desconcertada. Una fina capa de escarcha cubrió nuestros brazos unidos por un pequeño trozo de piel. Su mano ya no estaba roja. Y yo no sabía nada. El niño sonrió más aún, con alivio en el semblante. Lo que había ocurrido era inquietante. Sumamente inquietante. Salí corriendo dejando caer el rastrillo y me apresuré a subir al columpio en un intento de olvidar lo que acababa de ocurrir. Fue inútil, ya que el niño vino corriendo hacia mí.
  -Gracias.- dijo el niño- Ya no me quema la mano. ¿Eres una hada?
La ingenuidad de sus palabras ahora me resulta lacerante.
 -No. Yo no he hecho nada.
 -Sí. Lo he visto. ¡Ha sido muy chulo! Todo se ha llenado de hielo. Como el de los granizados.-nos pusimos a reír con la comparación.
 -¿Cómo te llamas?- inquirí
 -Den. Bueno, me llamo Dennis pero es muy feo.
 -A mi me gusta.
 -¿Y tú como te llamas?- dijo él.
 -Yo me llamo...
Nunca pude decir mi nombre. Su madre lo cogió en brazos y se lo llevó del parque murmurando algo de una fiesta de cumpleaños. Mi nombre se quedó colgando en el aire. Es lo único que no he recordado.
Pensar donde puede que esté Den ahora me llena de un terror infinito y primitivo. Su dulce sonrisa, éso seguro que aún no ha cambiado. Lo encontraré. Sí, lo encontraré.




sábado, 18 de enero de 2014

Las dos de la madrugada





 Miraba al techo. Fijamente. La bombilla iluminaba la estancia, pero no su mente. Ésta permanecía a oscuras. Las horas corrían tan deprisa como la arena corría entre los dedos. El lienzo reposaba intacto. Con la mirada, una vez más, recorrió la habitación. El sofá azul donde había tenido su primer beso, el aparatoso televisor que todavía funcionaba con viejas cintas de vídeo, la gran alfombra carmesí con aquella mancha imborrable de café. Y la ventana. Qué gran traidora. Le mostraba un mundo idílico: un cielo estrellado con el mar como telón de fondo y explanadas bucólicas salpicadas de lucecitas oscilantes, tiernas. Pero él sabía perfectamente, a partir de su experiencia, que si algo era el mundo, desde luego "bueno" o "idílico" no era.
Sus piernas comenzaban a ceder junto a su mente. "Todavía no", se dijo. El reloj de pared le metía prisa con su monótono tic-tac. Lo aborrecía. Tenía ya bastante presente la velocidad del tiempo como para que aquel cacharro se la estuviera recordando, su presencia efímera.
Tic-tac. Las dos de la madrugada. Tic-tac. Su mano en el aire. Tic-tac. El reloj hecho añicos.
Se río. Que orgulloso estaba. Había puesto fin a su máxima enemistad con su propio puño. Se lo miró con detenimiento. Los surcos que le recorrían la piel eran realmente diminutos. Eran caminos. ¿A dónde iban a parar? Al reloj. Lo había roto. Él. Río de nuevo. Se dio la vuelta y entonces la vio. Altiva, inalcanzable. Ya estaba fuera de su alcance. Quizás nunca lo hubiese estado. Llevaba un vestido de novia y un velo. Con la melena danzando a un viento inexistente, se acercó más a él. Casi podía rozar sus labios, con los suyos, y pudo sentir su perfume dulzón.  Pero no le miraba a él. Aquel joven permanecía recto, con una tímida sonrisa vestido con un pulcro esmoquin le dio la mano a ella. En uno de sus dedos había un destello dorado: un anillo de compromiso. No lo podía permitir. El reloj. Su puño. Quería apartar a ese joven de ella. Aquel ser... Acabó con la mano a través del lienzo. No había nadie más en la estancia. "No estoy loco. No estoy loco" se dijo.
Pero todavía sentía un vacío   al evocar su mirada. Gritó. Se embadurnó las manos con pintura al óleo y las restregó por la pared. Cada movimiento, un trazado. Verde, rosa, rojo, azul... A través de ellos sentía. Verde era su esperanza, de volver a estar con ella. Rosa eran sus besos, tan dulces. Rojo: pasión, amor. Ira. El azul era su rabia más profunda. Poco a poco aquellas paredes blancas de gotelé cobraban un significado. ¿Qué pensaría ella? Ella... ¿quién era? No recordaba su nombre. Tuvo que contenerse. El frenesí consumía sus pensamientos. Bastaron tres días y tres noches para acabar aquella obra. Al mirarla, sintió su pulso acelerarse. Ella le miraba con cariño. Aquella sonrisa distraída era tan propia de ella... Sin embargo, aquella bruma gris que se cernía sobre su cuerpo era algo que jamás hubiese visto. Pero no que no hubiese sentido un millar de veces al verla partir...

Una obra de arte. Fruto de su locura.