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domingo, 1 de diciembre de 2013

Welcome to December

 ¡Oh! Ya llega diciembre. El frío ya se nota en serio y no cómo en agosto ni en octubre más y se acercan las Navidades. El año transcurre cómo si un tobogán de agua se tratase que metáfora tan chupi. Empieza y sigues hacia adelante deslizándote a una velocidad vertiginosa, a veces intentando aferrarte y no ir tan deprisa, pero no puedes evitar el paso del tiempo. Antes de que te des cuenta, ya has llegado al final del tobogán, y te montas en otro distinto. Y vuelta a empezar. ¡Pero si hace dos días todavía se estaba acabando el curso! Aún así, ésta época del año me gusta. Queda poco para vacaciones, la rutina se calma, sale humo de la boca por el frío y en las calles ponen las luces. Entonces todo tiene un aire distinto... Y a partir de allí ya se sabe todo lo que ocurre. Cabalgatas que pasean altivas ajenas al batiburrillo que forman al tirar caramelos, nieva ocasionalmente, y el pálido espectro de luz que se filtra por la ventana indica una tranquilidad inquieta, clamando ser llenada.

Así que... ¡Bienvenido, Diciembre!



lunes, 2 de septiembre de 2013

Travesando el río


                                           


El agua del río está fría, muy fría. Me entumece los pies hasta el punto en que noto más las piedras debajo de ellos que los pies en sí. No doy ni un paso más. Huele fresco, nada que ver con el espeso aire de la ciudad. No hay ruido. Todo está en absoluto silencio. Hasta los pájaros parecen haber enmudecido ante el bello panorama. Pero, ahora que lo pienso, deben de estar acostumbrados. Me agacho lentamente para poder tocar el agua con las manos. Cristalina, congelada. Cae entre los dedos, para volver a su cauce. Vuelvo a coger un poco más, y me mojo la cara, los brazos y la nuca. Sé perfectamente a la baja temperatura que está, pero no me puedo resistir. Me lanzo al agua. Está tan y tan, pero tan fría, que ni lo noto. Mejor. Doy una brazada, y después otra, hasta cruzar el río. En la otra orilla, hace más sol, pero en esta hay una fresca penumbra. Me estiro sobre el tierno césped, y cierro los ojos. Todo está tan lejos de mí ahora...  Pero no tenía otra opción. Aunque el sol es el mismo en todos los lados. Mientras lo observo, pienso en que todo lo que atrás ha quedado también está bajo él ahora. Su mismo disco luminoso, el mismo halo cegador. Es la misma luz para todo el mundo. Me imagino a alguien de una época y lugar remotos, observando el mismo sol que ahora estoy observando. Cierro los ojos, cansados y doloridos de tanto mirar el sol. Y me duermo. Pero hay cosas que han quedado atrás, con sol o sin él, y la distancia se alarga con cada segundo que pasa. Porque en un segundo pueden cambiar un millón de cosas. Cuando vuelva, me pregunto si todo será igual. El sol brilla, y lo veo a través de mis párpados. ¿Puede travesar la espesa y sombría niebla que se ha depositado sobre mí? No sé ni siquiera si estoy aquí. Ni siquiera sé si soy yo. Cómo dije, son muchas las cosas que atrás han quedado...


viernes, 30 de agosto de 2013

Cielo magenta


Parece que, poco a poco, cada día se hace de noche antes. Tardes magentas que llegan para esperar al tapiz azul estrellado. El calor espeso y húmedo se despide lentamente, mientras por la puerta de entrada el fresco suave otoñal saca la cabeza. Pero todavía se queda el sol radiante, el agua fría en la piel, y el verano en la mente. En esta entrada vienen varias cosas para éstos días atenuados, las horas largas. Una entrada que combina dos secciones: las imágenes y una historia corta.




A continuación un nuevo "Marchando una de imágenes". Ésta vez con el tema de las puestas de sol, aludiendo al título de la entrada.











Y para terminar una historia-reflexión-metáfora improvisada...

Observaba el sol ponerse tras el horizonte. El cielo se teñía de rosa y oro. Tenía prisa, quería tiempo, lo malgastaba mirando una puesta de sol. El coche aparcado en la arena, mientras con un palo trazaba círculos sobre la arena. Cuando el sol volviese a salir, mi vida habría cambiado. Y tenía dos opciones: disfrutar en silencio con resignación y pena uno de los últimos momentos que viviría siendo yo tal y cómo soy, o huir, gritar, entrar en un desenfreno por tal de evitar lo inevitable. Lo segundo seguro que me haría sentir mejor por un instante, haciéndome creer que tendría el control, pero la primera opción era la más segura. Conformarme con sal en los ojos y café en la garganta. El deportivo viejo, rojo y vistoso, me atraía. "Al menos sé libre por última vez". Las llaves tintineando en mi bolsillo. Las ganas me podían. Abrí la puerta, rumbo por la interminable carretera. Palmeras, casas, arena. Libertad. Y una sombra en mi existencia. No me encontrarían. No. No aceptaría el trato. El precio era demasiado alto. Muchas cosas en juego. Corro. El viento me azota en la cara. Cada vez estoy más lejos. ¿Por qué tuve qué conocerle en ése mismo instante? Una casualidad trazada cruelmente por el despiadado destino. La luna se alzaba. Un motel y una gasolinera a ambos lados de la carretera. Pero no tenía dinero en el bolsillo. Abrí el maletero, en busca de algún billete extraviado y oportuno, cuándo oí pasos detrás mío. No hizo falta girarme para saber quién era. La luna se alzaba, y yo miraba a ella con adoración. Su voz grave y quejumbrosa infiltrándose en mí corazón. Un destello ámbar en sus ojos que noté pese a estar de espaldas a él. La luna, que bella. La luna. Abrí mi boca y dejé escapar ése cántico interior. Fauces doradas. En el suelo, aullando, me yazco, y oigo su voz grave y quejumbrosa infiltrarse en mi corazón. Ésta él mirando mi cuerpo canino, mis ojos de ámbar, mi corazón de obsidiana. La luna. "Cariño, la luna soy yo". 

La narración ha acabado siendo una historia rara de hombres lobo.

Yeah.